“Quien busca la verdad merece el castigo de encontrarla.” Guillermo Arriaga escritor de la película 21 Gramos.
Tú y yo en Playas de Rosarito
¿Qué clase de consuelo es este de hacer lo correcto, lo mejor, lo prudente, si para nadie tiene valor y el resultado puede ser tan doloroso?
Hacer lo correcto está sobrevalorado. ¿De qué sirve saber que se hicieron las cosas de la mejor manera posible si a final de cuentas aquí estoy, con la conciencia limpia pero el corazón deshecho?
Defraudada por ti, ahora surgen todos los “hubiera” y la lista es larga. Hubiera manipulado, hecho trampa, jugado sucio, me hubiera protegido, hubiera huído, pero no fue así. Aposté todo a la verdad y la verdad es una inútil inexperta para esto del amor. La verdad a nadie le gusta. La verdad apesta. ¿Quién quiere la verdad cuando se puede vivir tranquilamente jugando a la mentira? Lo cierto es que al creer en ti yo también me defraudé y eso me enfurece.
Me sorprendo una y otra vez esperando que vuelvas. Sueño despierta que me buscas, que me esperas, que te encuentro, que te leo, que te veo, hasta que la voz de mi interior surge para interrumpir el absurdo de mis pensamientos diciendo “Nunca va a volver!”. Silencio. La voz tiene razón. Tu adiós fue para siempre. La única verdad ahora es el fin.
Me asalta otra idea. ¿Qué tal si enarbolando la bandera de la verdad, poniendo en primer lugar la honestidad, me he mantenido al margen de una relación duradera? ¿Qué tal si todo es un plan para seguir en la comodidad de mi soledad? ¿Qué tal si por protegerme estoy en una torre de valores tan alta a la que nadie puede acceder? ¿No acabo de hacer una lista defendiendo lo lindo de la vista desde aquí arriba? ¿No estaré defendiendo ideales inalcanzables?
Soy culpable de no haberme sacrificado por ti, y al final igual fui sacrificada.
Todo mundo lucha por conseguir lo que quiere. Y a veces para llegar a ello tienen que pasar por encima de muchas cosas y de muchas personas. Mienten, incluso se mienten pero ahí les ves por la calle, felices y sobretodo: acompañados. Quizás me hace falta, tener ese miedo que tú tienes a la soledad. ¿Habría sido ese el camino? ¿Podría yo vivir así? No lo sé. Sólo sé que quizás, si hubiese cedido más, sólo un poco más, ahora estarías conmigo.


