Dios nunca muere

Son las 5 de la mañana. Lo sé porque escucho desde mi cama el despertador en el cuarto de mis papás que, como todos los días, inicia con la misma melodía
muere el Sol en los montes,
con la luz que agoniza,
pues la vida en su prisa,
nos conduce a morir…”.
La he escuchado tanto que me la sé de memoria. No comprendo la letra, pero algo en esa cancion me pone triste.

Abro los ojos pero sigo acostada. Mis papás hablan. Sus voces llegan a mí como un murmullo. Al terminar la canción, apagan la radio. Se levantan y empiezan el ajetreo de las mañanas. Me hago bolita en mi cama y cuando estoy a punto de dormir de nuevo, escucho la voz de mi mamá: “Susy, ya es hora, ya levántate”. Su voz es suave pero firme, me pide que vaya a su recámara. Sé que me llama porque yo misma le pedí que antes de irse a trabajar me peinara, pero tengo taaaanto sueño. Bajo de la litera. Hace frío y aún está oscuro. Veo que mis hermanos duermen. Araceli en la cama de al lado, y Marcos debajo en la litera.

Voy al cuarto de mamá y me siento en el borde de la cama, frente al espejo de su tocador. Mis ojos están entreabiertos y siento cómo me cepilla el cabello. Tengo frío pero yo aún no sé peinarme como me peina ella. Me gusta llegar al colegio toda estiradita con sus peinados. Me gusta, porque aunque juegue mucho, sé que no me  voy a despeinar. Pero eso sí, le pido que no olvide ponerme el listón blanco. No el rosa, ni el verde, ni las bolitas de colores transparentes, ni los broches rojos. Tiene que ser sólo el listón blanco porque si no, corro el riesgo que la madre Lourdes me regañe delante de todos, o me quiera peinar de nuevo, tal como pasó el día del concurso del Himno Nacional. Esa vez me deshizo el peinado sólo porque mi liston no era blanco. Tomó mi cabello como si estuviese anudando las cintas de sus duros y negros zapatos de monja, y me embarró tanta goma en el cabello como si estuviera poniendo grasa a su calzado. Me ató el listón blanco y me mandó de nuevo a la fila. Las demás niñas no dejaban de verme. Pense en no volver a pasar esas vergüenzas.

Mamá termina de peinarme. En casa no tenemos goma, así que va a la cocina por medio limón, lo exprime en la palma de su mano y lo pasa por mi cabeza. Me da los últimos toques y me revisa por todos lados mientras aspiro el cítrico aroma que se apodera de mi cabeza. Me veo al espejo: mi media coleta se ve impecable.

Mi papá entra al cuarto diciendo que ya está listo para llevarla. Al verme dice: “¡Qué bonito peinado! Ahorita regreso por ustedes, despierta a tus hermanos.” Mi mamá se despide de mí con un beso.

Cuando salen me vuelvo a sentar en su cama pero esta vez  junto a la ventana. Amanece. Veo el despertador, son las 5:45. Me cobijo las piernas y aguardo el inicio de mi día.

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