Bueno, vamos a ver

Texto dedicado con mucho cariño y en agradecimiento a David Villa y  Pavel Velarde quienes de diferentes maneras me animaron a tomar acción.

Hoy por fin fui al oftalmólogo. Para ser mas precisa, realmente no fui. Mis ojos y mi conciencia me llevaron pero yo no sabía que terminaría ahí.

La verdad de las cosas es que desde hace tiempo siento que cada día que pasa veo menos.

No distingo ya las caras a distancia y después de varias confusiones no saludo a nadie de lejos. Ordenar en un Starbucks o en uno de esos lugares de hamburguesas  en donde tienen el menú con los combos frente a ti, bajo una luz fría como a tres metros, me es complicado. Tengo que arrugar los ojos y la cara para enfocar y si voy acompañada, digamos que mejor ordeno algo que  me es familiar.

Me sudan las manos al manejar de noche y me pongo muy tensa. No logro leer los textos de los señalamientos a lo lejos y si me esfuerzo lo suficiente puedo hacer que las letras se conviertan en símbolos chinos animados recién trazados con tinta que mojados se comienzan a desdibujar hasta convertirse en manchones irregulares.

Poca gente lo sabe. Pero claro, una no anda por el mundo contando a todos que siente que poco a poco se va quedando ciega ¿verdad? Esto era, hasta hoy, casi un secreto.

Hace años, no recuerdo cuantos, usé lentes. Pero como todo por servir se acaba, también los cristales se acabaron. Y en lugar de ir por otros el tema pasó al olvido.  Si yo me veo bien linda así ¿no? Fruciendo el ceño cada que quiero pedir algo que no sea un latte grande. Distinguiendo a mis amigos de bulto y saludando a gente que luego resulta que no son quienes yo creí que eran (me ha pasado pero eso es material para otro texto).

Sé que no lo debí haber aplazado tanto tiempo.

Pero ni hablar, hoy la oportunidad abrió la puerta, la voz de la conciencia se impuso y la voluntad no pudo hacer más que obedecer.

Caminaba sin prisa, con cierto desenfado, sábado por la tarde, en pantalón de mezclilla, camiseta blanca y huaraches por Plaza Galerías. Mis ojitos iban de un aparador a otro buscando nada.  Primero se posaron en un aparador de zapatos, luego en uno de regalos, y luego, en una OPTICA.

Observé los armazones. No estaban nada mal. Mejor aún, eran precisamente lo que yo imaginaba que algún día compraría.

Pensé un momento… La oportunidad habló “No tengo nada que hacer, ya estoy aquí…. Después la voluntad “Bueno, vamos a ver!” y  más levemente, también dentro de mí escuche una  voz que agregó “Total, no pasa nada”.

Cuando entré al local y pasé la vista por todos los estantes, gratamente me di cuenta que estaban a mi alcance, podía tomarlos y probármelos a mi antojo. Es decir no estaban (como en otros lugares) dentro de una linda vitrina de cristal, bajo llave y en donde por fuerza tienes al vendedor o vendedora frente a ti con su lindo llaverito haciendo ruido como cascabel, abriendo y cerrando vitrinas mientras tu te pruebas unos y otros y el o ella te mira mientras te los mides y compruebas uno tras otro que pareces Señora Cara de Papa cambiando de lentes.

Encontrar unos lentes que me gustaran no fue nada fácil.

El caso es que aquí la tienda estaba prácticamente sola, tomé los  lentes que quise, todos me gustaban, los precios se me hicieron de lo más normal, no había vendedores frente a mí (al menos no al inicio) y  el espejo en ningún momento me recordó que existen juguetes que tienen cara y cuerpo con forma de tubérculo a los  que se les cuelga otros objetos más pequeños.

Después de que varios armazones negros, algunos rojos, un par de diferentes tonos de café y uno gris se posaran en mi nariz y orejas, fue éste último al que regresaba una y otra vez.  Y justo en uno de esos momentos en que con éste precioso modelito puesto revisaba mi cara de frente, de perfil, de un lado y otro, muy inteligentemente el vendedor, un joven de tez morena clara ojos serenos y voz suave, quien además se presentó como oftalmólogo, se me acercó y…. fue el último eslabón que me ayudó a solucionar mi problema.

Cuando a otras ópticas llegaba viendo los lentes con cara de “no son para mí” “ yo realmente no los necesito” o “solamente pasaba y quise ver que más vendían” a este buen hombre, prácticamente un desconocido, después de un par de preguntas terminé contándole mi secreto, todo lo que sentía en mis ojos y lo que me esforzaba por tratar de ver claramente cuando no puedo. Seguro muchos clientes llegan como yo. Eso quiero pensar.

Afortunadamente después de casi una hora en que creo que hablé yo más que él y de una serie de exámenes me dio un presupuesto y me aseguró que mi graduación no era tan crítica. Tengo que admitir que uno de mis temores era salir de la óptica en un futuro no muy lejano con unos cristales tan pesados que para retenerlos en mi cara fuese necesario un cordoncito detrás de mi cabeza.

Definitivamente no me había dado cuenta de lo vanidosa que puedo ser hasta que escribo esto.  En fin, me aseguró que los cristales son de lo más normal, pero que no debía volver a posponer algo como eso. La seriedad de su cara me lo dijo todo.

Acepté el presupuesto y en ese momento también acepté poner mi bienestar sobre todas las cosas.  Di un anticipo y ahora sólo queda esperar algunos días para que estén listos. Pensaré mientras tanto que esta nueva imagen me sentará de maravilla. Nadie se puede ver mal cuando se cuida.

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4 pensamientos en “Bueno, vamos a ver

  1. Hola amiga, que bueno que lo hiciste, es lo más normal de mundo, llega un momento que tenemos que empezar a usarlos. Yo llevo ya casi 7 años usándolos para leer y para utilizar la lap top, exactamente al momento de cumplir los 40 de un día para otro mi visión me los pidió y espero poder seguir con esta graduación mínima unos años más…

    un abrazo

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